El vino siempre ha estado presente a lo largo de la historia de la humanidad. En este viaje a través del tiempo, nos detenemos en la mitología egipcia, donde el vino no solo era una bebida apreciada entre la clase alta, sino también un vínculo entre los dioses y los mortales.
EL VINO EN LA VIDA DIARIA Y EN EL MÁS ALLÁ
En el antiguo Egipto, el vino era considerado una parte esencial de la vida cotidiana de los más acomodados y tenía un papel crucial en las celebraciones religiosas. Los egipcios creían que el vino estaba intrínsecamente ligado a la vida después de la muerte y que los dioses mismos disfrutaban de esta bebida divina.

Las ofrendas de vino eran comunes en los rituales funerarios y en los templos dedicados a los dioses. Se pensaba que, al ofrecer vino a los dioses, se establecía una conexión directa con el mundo divino, asegurando la protección y el favor de las deidades en la vida terrenal y más allá y manteniendo el orden cósmico para evitar que surgiera el caos.
También, se pensaba que la embriaguez rompía la barrera entre la vida y la muerte, haciendo posible conectarse con los ancestros muertos.

Los antiguos egipcios creían en la vida después de la muerte, y el vino desempeñaba un papel crucial en este viaje hacia el más allá. Se colocaban ofrendas de vino en las tumbas, junto con alimentos y otros objetos valiosos, para asegurar que el difunto tuviera todo lo necesario en su travesía al reino de Osiris. A veces, en lugar de vino real, se pintaban representaciones de este en las paredes de la tumba, con las que pensaban que lograban el mismo fin.
La creencia en la importancia del vino más allá de la muerte también se reflejaba en los textos funerarios, donde se describía a los difuntos participando en banquetes divinos, disfrutando eternamente del néctar celestial en la compañía de los dioses.
OSIRIS
Osiris es el dios más importante del panteón egipcio. Es el dios de la resurrección, de la regeneración del Nilo y de la fertilidad. Además, se le atribuye la invención de la agricultura y la religión.

Los egipcios pensaban que Osiris era el inventor de la viticultura y el que les había enseñado a hacer vino. Las vides, que se renuevan cada año, simbolizaban la resurrección, por lo que naturalmente estaban asociadas con Osiris, cuya propia resurrección estaba simbolizada por la vid. En otro de los mitos, la sangre de quienes lucharon contra los dioses se mezcló con la tierra, de la que brotaron las primeras vides
Osiris fue llamado el “Señor del vino durante la inundación” del Nilo y “Señor del vino durante el festival Wag”. Durante la inundación, el agua del Nilo se volvió rojiza debido a los minerales transportados río abajo, lo que se asoció con el vino y la sangre.
La festividad de Wag, se celebraba dieciocho días después del Año Nuevo, o sea, el 17, 18 y 19 del mes de Thot, el primero de la estación ajet. La fiesta giraba en torno al dios Osiris que, como divinidad de los muertos y juez, controlaba el destino de los difuntos, por lo que en ella se celebraba el destino de los difuntos, su resurrección.
En la víspera de la celebración, los egipcios antiguos organizaban una procesión con antorchas, para luego ofrecer a sus difuntos un banquete funerario, alimentos y bebidas como vino, por esa razón Osiris fue nombrado Señor del vino o Poseedor del vino.
El Wag conectaba con el Festival de Thot, ya que ambas festividades se enlazaban, la última noche de la primera con la mañana del segundo día, de manera que se vinculaban la resurrección de Osiris con el nacimiento del dios de la sabiduría. Para celebrarlos, se ofrecían coronas elaboradas de hojas de vid, acacias, olivo, perseas y papiro, además de flores de loto.

HATHOR
Hathor era una de las diosas más veneradas. Era diosa de la música, el amor, el cielo, la alegría y la danza. Protectora de la maternidad y de los niños. En contraposición, podía llegar a ser muy destructiva si se enfadaba.
El día después del festival Wag, se celebró un festival anual de Hathor en Dendera, conocido como “La embriaguez de Hathor”. Se le hacían ofrendas de vino para que bebiera y así apaciguarla, mientras los asistentes también se embriagaban. Algunos de estos rituales del templo que involucraban vino se centraban más en garantizar la paz y la prosperidad en el mundo terrenal.
SHESMU

Shesmu es un dios del inframundo con un carácter contradictorio. Por una parte, se le considera el dios de los aceites y los ungüentos, del perfume y del vino y, por otra parte, es el dios de la ejecución, el asesinato y la sangre. En ocasiones benefactor, pero también cruel y sanguinario. Shesmu era más específicamente el dios del lagar. Los textos del Reino Antiguo mencionan una fiesta hecha para él en la que los jóvenes prensaban uvas con los pies y le cantaban.
Se cree posible que los antiguos egipcios usaran vino tinto para simbolizar la sangre en las ofrendas religiosas, lo que explica por qué Shesmu se asocia tanto con la sangre como con el vino. El mito dice que era el responsable de castigar a los malhechores, incluso con la pena capital, para lo que utilizaba la prensa del vino. Les arrancaba la cabeza a los culpables y los arrojaba a la prensa para exprimirles la sangre.
RENENUTET

Renenutet es una diosa cobra, por lo que se pensaba que protegía los cultivos de los roedores. Se le considera la diosa de la alimentación, la fertilidad y la cosecha.
Durante la cosecha de uva y el prensado, se le hacían ofrendas y los trabajadores le cantaban himnos mientras se ocupaban de sus tareas. Se la consideraba la patrona de la elaboración del vino. En las zonas vinícolas del país, se levantaron muchos santuarios para ella.
La mitología egipcia revela una profunda conexión entre el vino y lo divino, donde esta bebida ancestral trasciende lo terrenal para convertirse en un vínculo entre los mortales y los dioses. A través de los rituales, las ofrendas y las representaciones de las deidades, el vino se erige como un símbolo de celebración, vida después de la muerte y conexión eterna con lo divino. Brindemos, pues, por esta mitología que ha perdurado a lo largo de los siglos, recordando que el vino sigue siendo un testigo silencioso de la interacción entre lo humano y lo divino.